Trujillo: tierra de conquistadores

En España ocurre algo inusual: se les conceden honores a ciertos lugares por su historia, aunque sea poco intensa, y se desmerecen otros entornos con una historia rica y llena de hitos. Es el caso de Trujillo, en Extremadura. Tierra de conquistadores con una belleza sin igual y rodeada de un paraje natural que nada tiene que envidiar a otros enclaves del país. Aunque son muchos los conocedores y defensores de las tierras extremeñas, hoy vamos a recorrer desde este post un poco de esa historia, reparando en algunos puntos de interés turístico más relevantes para el visitante.

La historia de Trujillo se remonta a unos tres mil años, como muestran los restos prehistóricos y prerromanos que la copan. Puntas de flechas magdalenienses, perforadores, hachas pulimentadas y pinturas esquemáticas se conservan en esta tierra. Sus alrededores, el río Almonte y sus afluentes, establecieron en otros tiempos los castros defensivos que ejercían de fortaleza natural. Asentarse en un lugar sobre un batolito de granito que alberga material de construcción en abundancia y grandes cantidades de agua no hizo más que favorecer el poblamiento temprano del lugar.

En tiempos de Roma, Trujillo se conoció como Turgalium y llegó a convertirse en una prefectura estipendiaria de la capital lusitana Augusta Emérita, en la misma calzada que unía la ciudad con Caesaraugusta. Tanto Trujillo como los municipios vecinos conservan restos romanos.

Ya en la Edad Media, Trujillo fue poblada por los pueblos bárbaros, mayormente visigodos, siendo la mayoría de la población hispanorromana. Más tarde, llegaron los musulmanes, convirtiéndose en una de las principales poblaciones de la región gobernada por Badajoz, que llegó a ser uno de los reinos de taifas.

La Reconquista convirtió a Trujillo en un lugar estratégico para los bandos enfrentados; ya en la época califal se construyeron la fortaleza, los aljibes y parte de la muralla que rodeaba Trujillo, siendo una importante medida perteneciente a Mérida con la función de lugar de defensa y comercial.

A mediados del siglo XII, se convirtió en la cabeza de un señorío semiindependiente, a manos de Fernando Rodríguez de Castro “el Castellano”, miembro de la Casa de Castro, que abarcaba un territorio que se extendía entre el Tajo y el Guadiana y las localidades de Montánchez, Santa Cruz de la Sierra y Monfragüe.

Posteriormente, Trujillo volvió a incluirse en el Imperio almohade y un ejército formado por fuerzas de órdenes militares y el obispo de Plasencia puso sitio a la ciudad y, en mil doscientos treinta y dos, un grupo de soldados encabezados por Fernán Ruiz reconquistó la villa, pasando a la Corona de Castilla durante el reinado de Fernando III.

La historia sigue su curso…

En la Casa Rural La Fragua, dentro de un entorno natural privilegiado rodeado de dehesas, arroyos y canchales, encinas y alcornoques, nos explican que cuenta la leyenda que la Virgen de la Victoria se apareció a los soldados cristianos en el Arco del Triunfo antes de reconquistar la ciudad, venciendo a los árabes en un claro anticipo del resultado final de la batalla.

Trujillo recibió un amplio alfoz que limitaba con los de Plasencia, Cáceres y Medellín y ejerció un férreo señorío jurisdiccional sobre sus aldeas, veintidós en mil cuatrocientos ochenta y cinco, el mismo año en el que las tierras del monasterio de Guadalupe y villas como Cabañas del Castillo se habían separado.

El rey Juan II de Castilla le concedió el título de ciudad en mil cuatrocientos treinta, aunque sufrió intentos de señorialización posteriormente. Su barrio judío, ubicado fuera de los muros medievales, tuvo importancia debido al crecimiento de la población que poco a poco se extendió fuera del recinto amurallado. Uno de los principales lugares que se crearon fue el que sigue siendo a día de hoy visita obligada para el turista: la Plaza Mayor, que, al retorno de los hombres que marcharon a América, se engalanó con majestuosos palacios.

Una época importante para la ciudad de Trujillo fue el siglo dieciséis, cuando la población aumentó de forma considerable, contando con más de cinco mil habitantes en las primeras décadas del siglo y aumentando con posterioridad. A pesar de este crecimiento, cabe señalar que el descubrimiento de América provocó la emigración de familias de trujillanos al otro continente.

De Trujillo, como es por todos sabido, salieron importantes descubridores y conquistadores como Francisco Pizarro, Diego García de Paredes o Francisco de Orellana. Del otro continente, retornó a Trujillo un gran número de indianos que construyeron casas destacadas y palacios convertidos en la actualidad en un atractivo turístico de gran importancia.

Desde el año mil quinientos veintiocho, Trujillo se convirtió en capital de provincia, con cuarenta y ocho mil setecientos ochenta y nueve vecinos según el Censo de Pecheros de Carlos I, siendo un seis con setenta y cinco por ciento de la población perteneciente a la Corona de Castilla.

En el año mil quinientos treinta y uno, se acordó la construcción de una capilla en el castillo para venerar la imagen de la Virgen con el niño de Diego Durán, culto iniciado en la parroquia de Santa María bajo la advocación del Misterio de la Asunción. Esta imagen fue la de mayor devoción hasta que se construyó la capilla.

La pérdida de su patrimonio, agravada por la crisis económica y los conflictos derivados de la Guerra de Restauración portuguesa y la Guerra de Sucesión española, provocó un descenso de la población en el siglo diecisiete y a principios del dieciocho, dejando la ciudad semidesértica y llena de edificios ruinosos.

A partir de mil ochocientos, Trujillo fue perdiendo importancia. Los estragos de la Guerra de la Independencia Española, durante la cual fue invadido, destruido y ocupado por las tropas de Napoleón, catalizaron el declive. No en vano, su reconstrucción se prolongó hasta bien entrado el siglo XX.

A mediados del siglo diecinueve se produjo el primer intento de hacer que el ferrocarril pasara por Trujillo, al crearse la “Compañía Camino de Hierro Central”, cuyo objetivo era unir Madrid con Portugal. El proyecto fracasó como otros que le siguieron. En los años ochenta del siglo dieciocho, el espacio urbanístico creció con paseos y rondas, creándose instituciones como el Asilo de Ancianos en el Palacio de los Duques de Noblejas, el Colegio Preparatorio Militar y el Colegio de las Carmelitas de la Caridad.

… y llega hasta el presente

Durante los primeros años del siglo XX, se siguió intentando que el ferrocarril llegara a la ciudad de Trujillo. Se realizaron proyectos para unir la ciudad con Cáceres, Logrosán y Miajadas. Durante la dictadura de Primo de Rivera, el Gobierno proyectó una línea en la que se uniría Cáceres con Ciudad Real con paso por Trujillo y Herrera del Duque. Una asamblea realizada en Trujillo con representantes de varios municipios de las provincias de Cáceres, Badajoz y Ciudad Real determinó la necesidad de construir una línea de ferrocarril que uniera Cáceres con Ciudad Real, pero tenía que pasar por Almadén.

A pesar de los numerosos proyectos, Trujillo no consiguió contar con su línea de ferrocarril, aun siendo tierra de conquistadores. Todavía siguen habiendo en la mesa propuestas para su construcción.

Durante el siglo pasado y lo que llevamos de este, la ciudad de Trujillo dejó de ser un centro comarcal de servicios para dar paso al desarrollo del turismo en la ciudad. Algo que debemos agradecer, puesto que se trata, como hemos visto y solo hemos pasado de puntillas, de una ciudad cargada de historia y relevancia dentro de España.

Cerca de la ciudad monumental de Cáceres, el castillo de Trujillo se deja ver por la carretera de Madrid, imponente en el camino para invitar al visitante a detenerse y descubrir su centro histórico. Vestigios romanos, árabes y medievales coexisten en armonía, participando en el ajetreado día a día de los habitantes de la ciudad.

Se puede disfrutar de un aperitivo en la Plaza Mayor, recorrer sus estrechas callejas, ascender por la cuesta de la Sangre hacia la villa y el castillo, visitar la Casa Museo de Pizarro y detenerse un instante a cada paso que se da para descubrir sus iglesias y los torreones medievales que copan la ciudad.

Tierra de conquistadores y arquitectos, cada piedra puesta en el camino puede contar una historia. Una historia de tiempos inmemoriales.

Dentro de la arquitectura de la villa, no podemos dejar de mencionar las grandes casas que formaban parte de la fortificación de la ciudad antigua y de las cuales todavía queda alguna para visitar:

  • El Alcázar de Luis de Chaves el Viejo, una de cuyas torres custodia la Puerta de Santiago.
  • Casa de los Altamirano, conocida como el Alcazarejo.
  • La casa fuerte de los Escobar, defendiendo la puerta de San Andrés.
  • El Alcázar de los Bejarano.
  • La casa de Francisco Pizarro de Vargas, donde nació el conquistador.
  • La casa de Francisco de Orellana.
  • La casa de los Chaves-Calderón.
  • La casa solariega de los Rol Zárate y Zúñiga, conocida como “casa de las Palomas”.
  • La casa de los Alvarado.
  • La casa de los Calderón, restaurada recientemente.

Sin dejar a un lado la Iglesia de Santiago y la Iglesia de Santa María la Mayor o el palacio de los Marqueses de la Conquista, entre otros muchos lugares, testigos de la historia de Trujillo.

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